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El perro del mausoleo del obispo Villalán en la catedral de Almería
Publicado el 30 Ago, 2023

Fray Diego Fernández de Villalán fue obispo de Almería entre 1523 y 1556. Religioso franciscano y confesor del cardenal Cisneros desde 1501 hasta su muerte en 1517. Recordado por el obispo que en treinta años levantó la catedral-fortaleza de la ciudad de Almería y uno de los más importantes de la diócesis.
Cuando toma posesión de la sede, se encontró la ciudad destruida por el terremoto de 1522 y ello le lleva a costear los terrenos donde se construiría la nueva catedral, ya que el terremoto deja en ruinas el anterior edificio. El 4 de octubre de 1524, festividad de san Francisco, el obispo Villalán coloca la primera piedra de lo que sería la catedral-fortaleza, que además de atender el culto divino, dará cobijo a los fieles en los frecuentes ataques de la piratería berberisca.

La catedral, comienza siguiendo un modelo gótico isabelino, aunque mediada la obra, se contrata a Juan de Orea que continuará la construcción siguiendo patrón renacentista. Villalán muere en 1556 y en cumplimiento de su voluntad, el cabildo, le da sepultura en la capilla del Santo Cristo de la Escucha, al que el obispo tenía gran devoción.
En el exterior de la capilla, se encuentra el símbolo más conocido por los almerienses, después del indalo, el sol de Villalán. Durante un tiempo y por error se le atribuyó al obispo Juan de Portocarrero, pero en recientes estudios se ha descubierto que en realidad es de Villalán. Se trata de un bajorrelieve de piedra que representa un sol antropomorfo del que parten 36 rayos flamígeros. Está rodeado por una elegante guirnalda de frutas, que recuerda a una corona de laurel, circunvalada por unas cintas ondulantes para embellecer y darle mayor dinamismo a la figura solar. Está situado en el paño exterior del testero de la Capilla.

El perro es un recurso recuente en la heráldica del obispo. Si nos fijamos en el escudo de la portada principal y en el de la portada de la sacristía, vemos que en el primer y cuarto cuartel, aparecen dos lebreles con collar y soga, vinculados con la heráldica Villalán. En el caso del escudo de la “Puerta de los perdones”, aparece un único cuartel con los mismos dos lebreles que en los casos anteriores. Estos lebreles, más bien, parecen alanos, por los que el propio obispo Villalán tenía especial predilección.

En el interior de la capilla del Santo Cristo de la Escucha, se encuentra el mausoleo con el sepulcro de Diego Fernández de Villalán, obra en mármol de Juan de Orea. El sepulcro tiene forma de talud con escasa decoración en sus frentes, tan solo, en los lados mayores, unas grandes cartelas alusivas al obispo y en los menores el escudo episcopal, con sus correspondientes cánidos. En los ángulos aparecen cuatro grifos con una sola garra de león. En un lecho de simples molduras reposa la figura yacente del obispo, con la cabeza sobre una amplia almohada, colocando sus manos juntas sobre el pecho en actitud orante. Está ricamente vestido de pontifical con los símbolos episcopales propios: báculo, anillo y mitra. Bajo sus pies, un perro, que parece ser un alano. En can, está tumbado sobre el pecho, con las patas delanteras estiradas y las traseras plegadas, manteniendo el estado de alerta mientras descansa.

Hay una leyenda alusiva a este hecho que en resumen cuenta que estando el obispo Villalán visitando las obras, con los alarifes en una de las estancias de la naciente catedral, apareció un perro que ladraba angustiado, como si estuviese temeroso de algo, acto seguido, salió de la catedral como alma que lleva el diablo. Villalán y los alarifes, salieron tras él, por la curiosidad que les suscitó y una vez fuera, la techumbre de la estancia dónde previamente habían estado se derrumbó. Gracias a este perro, que desapareció en la misma forma misteriosa en que apareció, Villalán se salvó de tan terrible accidente. Como muestra de agradecimiento, el obispo quiso inmortalizar al cánido mandando construir una estatua que permanece fiel a los pies de la escultura yacente del mausoleo del obispo.

El motivo real es que el perro a los pies de las estatuas yacentes simboliza la lealtad al soberano y al reino y en el caso del obispo fidelidad a la fe.

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